Pablo Banchero
Verónica Chodes
Hay discos que merecen silencio y tiempo para dedicarnos a la acción de escucharlos. Sin prisa nos transportan a otro lugar, a ese que siempre necesitamos volver, nuestro lugar seguro; nuestra Querencia. Y así se llama el nuevo trabajo del castillense Nicolás Molina, un disco que tiene como portada la foto de un cementerio, y las ramas de los árboles parecen echar raíces en el cielo. Su sonido nos lleva a una atmósfera íntima y reflexiva, donde salen a la luz alegrías y tristezas, y confluyen la vida con la muerte.
Querencia es quizás tu disco más autorreferencial y surge después de la muerte de tu padre, ¿cómo te llevás con esa exposición?
En realidad no hago demasiado eco de lo de mi padre. El disco lo hice para mí y cuando lo estaba grabando no estaba pensando en qué dirá la gente o qué tan expuesto iba a quedar. Escribí, lo grabé y en un momento estuve a punto de no publicarlo y pasárselo solo a amigos, pero eso es algo que me pasó también con mis trabajos anteriores. Con el disco ya pronto tuve dudas y hasta pensé en terminar mi carrera. Quería subirlo a algún servidor y que se fuera adonde se tuviera que ir. Después me di cuenta que podía ser una estrategia de mi inconsciente y cambié de opinión. Si bien sé que la exposición puede llegar a restar, la grabación del disco me ayudó mucho como auto terapia después del suicidio de mi padre. Para mí fue como escribir un diario íntimo; como escribir mis sentimientos y sacarlos para afuera.
¿Cómo era la relación con tu padre?
Siempre me llevé muy mal con mi viejo, porque él quería que fuera otra cosa de la que quería ser. Él quería que yo siguiera trabajando con él en campaña, que no estudiara y me quedara ahí. Mi vieja era la hija del doctor del pueblo, y mi padre se crió en un círculo más humilde. Mis abuelos eran pescadores, entonces mi viejo conquistó a mi vieja en plan Ocho Cuarenta de Rodrigo, y cito a Rodrigo porque es de mis artistas preferidos. Con mi viejo nunca coincidíamos en la forma de ver el mundo. En un momento me fui a vivir a España, y recién cuando volví nos llevamos mejor, en los últimos 6 años.
¿Considerás al disco como una catarsis o un homenaje?
Todo el mundo me ha tirado por el lado de la catarsis y es la primera vez que escucho homenaje. En realidad más que catarsis es como un homenaje. Funcionó como una catarsis sin saber que lo era y terminó siendo una especie de homenaje. Aunque el disco como tal está dedicado a mi compañera y a mi hija, porque quise centrarme en la vida. La llegada de mi hija fue lo que me rescató.
¿Pensás seguir por este camino solista o considerás que es un disco que necesitaste hacer en un momento puntual de tu vida?
Los dos primeros discos de Molina y los Cósmicos (El Desencanto, 2014 y El Folk de la Frontera, 2016) en realidad los armé como un plan solista. Después que salió El Folk de la Frontera y empezamos a tocar, tuvimos un proceso donde nos consolidamos como banda. Si en ese momento hubiéramos hecho otro disco como Molina y los Cósmicos, capaz que hubiese sido un disco de la banda. En realidad son discos solistas donde yo no me animé a poner Nicolás Molina. Siempre era un Nicolás Molina componiendo para una banda. Cuando empecé a hacer Querencia tuve la postura de que era este el lado del camino y me cagaba en lo demás. Quería dejar todo atrás, pero fue tan largo el proceso desde el 2016 hasta ahora, que me terminé dando cuenta que podían convivir los dos mundos.
¿De qué va a depender?
De las canciones y del momento en que pase, pero me doy cuenta que Molina y Los Cósmicos no es que se haya terminado para siempre. Puede volver en algún momento, o no. Sacar este disco con mi nombre fue todo un tema porque mis amigos me decían que no lo hiciera. Para ellos, que me conocen de chico y conocen mis defectos, capaz que era medio chocante que Nicolás Molina sacara un disco. La única que quería que lo firmara con mi nombre fue mi compañera.




